Había mucho que ver: por orden, el Centro de Interpretación de los Sotos de Alfaro; la Colegiata, con su mirador; y, por último, los Sotos del Ebro. Y éramos muchos, cincuenta y dos personas distribuidas en dos autobuses –uno, adaptado-, por lo que era preciso ser puntuales para salir pitando hacia Alfaro y andar listos para cumplir los horarios. El buen ánimo ya iba con nosotros.
Y no se sabe cómo lo hicimos, pero el caso es que lo hicimos: pocas veces hemos sido tan escrupulosos con el programa previsto y eso que un grupo numeroso tiende, por lógica, a la dispersión, además de que Alfaro tiene sus cuestas.
Que había que llegar a las 11’30 h, se llegó, e incluso un poquito antes; que necesitábamos andar espabilados para ver, sin prisa pero sin pausa, el Centro de Interpretación y la Colegiata, crotorar cigüeñil incluido, lo estuvimos. Por cierto, majestuosa la Colegiata por fuera y por dentro, que vimos acompañados del párroco y guiados por las explicaciones de Camino, a quienes agradecemos su atención y amabilidad.
Subimos después al mirador y observamos a las cigüeñas de tú a tú. Como con tanto trajín el cuerpo se había destemplado un poco, la comida resultó el mejor remedio; comimos muy bien y la sobremesa se alargó un poco más de la cuenta, señal de que estábamos muy a gusto.
Y de nuevo, nos pusimos en marcha, con los dos autobuses camino de los Sotos donde paseamos por la orilla del río con el “norte” en el rostro y las garzas, ánades, patos y cigüeñas en los ojos. El meandro del Ebro aparecía ante ellos espectacular y más de un socio prometió regresar con el clima más templado para apreciarlo en todo su esplendor.
Pusimos allí punto final a la excursión y regresamos contentos a Logroño, que nos recibió una fina y fría lluvia. Es lo que tienen las borrascas de invierno.